Juan Gustavo Cobo Borda el escritor y poeta

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El reconocido intelectual bogotano Juan Gustavo Cobo Borda (que había nacido en octubre de 1948) falleció este lunes en Bogotá, según se lo confirmaron a este diario amigos cercanos, quienes recibieron la noticia de su hija Paloma. Creció, y mucho, inmerso en los más importantes escenarios culturales de la vibrante y dinámica Bogotá de la segunda mitad del siglo pasado y de la primera década del XXI, hasta que, lamentablemente, una esclerosis múltiple lo alejó de cuerpo presente del centro de los acontecimientos, aunque de manera afortunada sigue vigente a través de comentarios en la radio, la televisión y la prensa y de sus poemas que acometía de cuando en cuando, después de esa veintena de libros que había publicado con acierto, ritmo y tono.

Así lo recordó hace poco para EL TIEMPO la periodista Myriam Baustista, para el reciente homenaje especial que le rindió la Biblioteca Nacional de Colombia.

La muestra, que contó con la curaduría del poeta Federico Díaz-Granados, con el apoyo de Griselda, esposa de Juan Gustavo, y su hija Paloma, reunió sus libros de poesía, el centenar de textos con ensayos de su autoría, los más de doscientos libros editados bajo su batuta, las decenas de fotos que registran esa actividad feraz en casi todo el territorio nacional y los cuadros que le hicieron, hace algunos años, María Paz Jaramillo, Juan Cárdenas y José Antonio Roda. De igual manera se recogieron las memorias de sus encuentros por el país con agentes culturales diversos en la antesala a la creación del Ministerio de Cultura y los antecedentes que recolectó y expuso para la aprobación de la ley del libro.
Se han organizado también sesiones de poesía de algunos de los poetas de su generación, la generación ‘sin nombre’ y de jóvenes poetas, a quienes Cobo ha estimulado directa o indirectamente.

Siempre era grato visitar a Juan Gustavo Cobo Borda en su inmensa biblioteca de más de 18.000 volúmenes, que da cabida a estantes completos de Octavio Paz, Jorge Luis Borges, antologías de poesía y libros de las grandes «empresas editoriales» y de colecciones que dirigió.

umergido entre todos esos volúmenes, Juan Gustavo le comentó, en 2012, a su amigo el también poeta Federico Díaz-Granados, cuando el festival Las Líneas de su Mano, del Gimnasio Moderno, le rindió un homenaje especial a su vida, que por esos días había entregado a la Biblioteca Luis Ángel Arango todo su archivo literario y correspondencia desde los inicios de la Generación sin nombre.

«Me contó de las carpetas de don Baldomero Sanín Cano que encontró en un clóset cuando estuvo en la agregaduría cultural de la embajada de Colombia en Argentina, entre 1983 y 1990, y de la entrevista que le hizo recientemente a Fernando Botero», recordó Díaz-Granados en esa oportunidad. Su padre, un republicano español, llegó al país en los tiempos la posguerra española, después de perder esa cruenta guerra civil, y se enamoró de Leonor Borda, una joven muy guapa y cachaca hasta la médula, prima de dos escritores y poetas fundamentales en la literatura colombiana, Jorge y Eduardo. De ese hogar procede Juan Gustavo Cobo Borda, quien iba a cumplir los 74 años en octubre próximo.

De la herencia literaria no se pudo zafar nunca como sí lo hizo, y muy fácil, de los estudios universitarios que comenzó en el Externado, en la Facultad de Derecho, donde su padre dictó clase por 40 años, de ahí pasó a los Andes a estudiar Filosofía y Letras y saltó a la Nacional a Idiomas.

En esas estaba cuando el encargado de la Librería Buchholz, ubicada en el corazón de Bogotá, el también poeta Nicolás Suescún, un día le entregó las llaves de ese edificio de siete pisos repletos de libros y cuadros para que lo relevara en su ocupación de encargado. Le dijo que era hora de que volviera la librería su casa, la que visitaba día de por medio, en largas jornadas de hablar sin parar con esos compradores ávidos de las novedades que siempre atiborraban sus estantes, de robarse libros, como lo hacían la mayoría de esos fieles visitantes, y de regodearse en ese paraíso magnífico que le deparó felices e inolvidables momentos.

Y Cobo no lo pensó dos veces. Abandonó su estatus de universitario. Su destino se enrutó por calles nuevas, muy alegres y diversas. Se sumergió en la escena cultural de la capital para no volver a alejarse de ella, salvo en las cortas estancias de sus misiones diplomáticas por Argentina, España y Grecia. No tardaron en aparecer dos de las ocupaciones que le han deparado mayores satisfacciones y a su vez con las que ha cautivado a un público que ha crecido no solo en número, sino en calidad por obra y gracia de su inteligencia y de su siempre sentido de la oportunidad.

La primera profesión fue la de editor. Con Darío Jaramillo fundaron Ediciones La Soga al Cuello, que hizo su debut con su estreno como poeta con el libro en el que reunió los primeros versos de su cosecha y que tituló como Consejos para sobrevivir. El segundo libro fue uno de Darío Jaramillo y el tercero y último, la reedición del tratado sobre El café en Colombia del historiador Luis Eduardo Nieto Arteta.

Cuando los socios llegaron a donde la viuda de Nieto Arteta para proponerle la reedición de ese texto fundamental en la economía colombiana de esa época casi la matan porque se presentaron como los dueños de La Soga al Cuello y la señora revivió el suicidio de su esposo precisamente con una soga. Por fortuna, el mal momento se superó y consiguieron los permisos, pero la situación financiera de la editorial no dio para más. Ellos estaban literalmente como lo describía el nombre del negocio.

Su siguiente trabajo lo llevó al mundo de las revistas. Durante una década (1973-1984) fue el director de la inolvidable revista Eco, que junto con Mito, que nació en los cincuenta y dejó de existir en 1962 con la muerte de su fundador Jorge Gaitán Durán, son las más importantes publicaciones culturales.

En Eco se formó Cobo, al lado del siempre recordado Ernesto Volkening, como editor aventajado y rígido. En cada número publicaban lo mejor de la literatura mundial y local. Sus números son hoy muy apreciados y casi están desaparecidos.

A finales de los años ochenta, Cobo incursionó como empleado público. En Colcultura, como asesor de Gloria Zea, creó la revista Gaceta, que dirigió con la misma rigurosidad que empleó en Eco, y se propuso reeditar las obras literarias más importantes, que a un buen precio inundaron las librerías del país y aumentaron con libros de calidad el reducido catálogo de las bibliotecas públicas.

Siempre repite que fue “el asesor lírico y guardaespaldas moral” de la dinámica Gloria Zea. Otra de sus frases inolvidables es la de: “No es que a uno le gusten los boleros, es que los boleros le pasan a uno”. Y ya muy en serio ha dicho y escrito: “Si hemos fracasado tantas veces en política, en economía, en vida comunitaria, oscilantes entre el despojo externo y la violencia que diariamente nos hiere, por dentro, las obras de ciertos creadores, en las artes plásticas, en las letras, nos sostienen. En realidad: somos eso”.

Con su proyecto de la Biblioteca Básica en Colcultura, publicó 65 títulos; en la Colección de Autores Nacionales, medio centenar de obras, y en la Colección Popular, treinta libros. No sería esta su mejor contribución a la lectura. En los años noventa, en la administración Samper, produjo 40 ejemplares con obras inéditas o reediciones, en la que se llamó la Biblioteca Familiar Colombiana.

Podría decirse que desde que se quitó el pantalón corto Cobo se hizo poeta y uno de los escritores culturales indispensables, campo donde ha brillado con una voz singular que lo ha caracterizado como un crítico privilegiado, que advierte muy rápido la belleza de la escritura, la grandeza de la pintura, la magia de la fotografía, el arte del cine, de la danza o la majestad de la música.

Y es por esa virtud que sus artículos en los principales periódicos y revistas, sus trabajos en la radio y en la televisión son siempre solaz en un campo en donde la escritura incisiva se echa de menos.Hace pocos días, Cobo llegó a la Biblioteca Nacional muy emocionado. No solo porque en los últimos años dejaba su casa únicamente para ir a los médicos, sino porque recordó con cariño ese edificio que habitó como subdirector y porque se encontró con medio centenar de personas que lo admiran y lo quieren.
Su hija Paloma le puso a su padre una corona de laurel como en la antigua Grecia hacían con los poetas más queridos y el rostro de Cobo Borda se iluminó y comentó que se sentía como Dante, en medio de los aplausos de los asistentes y de la sonrisa satisfecha de las organizadoras y curadores de la exposición.

Tomada de el Tiempo.com