Falleció el maestro Blas Emilio Atehortúa

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Atehortúa optó por la música académica como eje de su propuesta artística. Obras sinfónicas, piezas para formato de cámara y su decisión de compartir el conocimiento con los jóvenes caracterizan su producción creativa. Rescatamos este texto para rendirle un merecido homenaje. Emilio Atehortúa se negó a ser un violinista del montón para destacarse en el terreno de la composición.

Antes de llegar a la mayoría de edad, las cuerdas comenzaron a ser insuficientes para satisfacer sus necesidades artísticas. Quería desafiar lo establecido y vencer a pulso las fronteras, pero contaba tan sólo con las posibilidades otorgadas por el dominio de instrumentos como el violín y la viola, herramientas insuficientes en ese entonces para abonar el camino hacia su consolidación musical. Después de algunos tropiezos, encontró que la noción popular que establece la creencia de que el papel lo aguanta todo, era una verdad a medias porque la partitura exige de su creador verdad, compromiso y autenticidad.

Blas Emilio Atehortúa nació el 22 de octubre de 1943 en el municipio de Santa Helena, Antioquia. Tanto en ese lugar como en la población cercana a Barbosa se despertó su curiosidad artística, y aunque pensaba que podía desarrollarse como integrante de una orquesta figurando en el área de las cuerdas, algo le indicaba que tal vez ese atril instrumental no era el más indicado para él. Por momentos se percibía encerrado en la madera de su violín o de su viola, pero no entendía muy bien qué era lo que le estaba pasando y en dónde radicaba su inconformidad. Fue en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, donde alguien por primera vez le insinúo que la composición y la dirección orquestal podían alimentar mejor sus intereses genuinos.

A los 16 años, Atehortúa hizo el cambio. Después se encontró con el estoniano Olav Roots (1910-1974), quien se convierte en uno de sus grandes maestros. Su influencia no está determinada por el concepto de la armonía ni por la técnica para guía por el sendero de la emoción a los demás músicos. La importancia de Roots en la actividad del compositor colombiano está marcado por sus enseñanzas más allá del poder mágico de la batuta. Gracias a él consiguió hallar a los artistas muchas veces escondidos detrás de su instrumento, pudo entender sus historias y supo resolver la ecuación para multiplicar sus potencialidades en beneficio del colectivo.

Ginastera y otras influencias que fueron apareciendo durante su proceso, como Olivier Messiaen (1908-1992) y Aaron Copland (1900-1990), lo instruyeron incluso por fuera del arte de las notas y le colaboraron en la estructuración mental para entender que la música no es el lenguaje universal, sino el idioma genuino y que, además, su poder es ilimitado. Tanta es su fuerza, que ha hecho que Blas Emilio Atehortúa tenga en su haber alrededor de 200 composiciones, entre obras orquestales, piezas para formatos de cámara y canciones.

Bandas sonoras como las de la película Edipo Alcalde y la serie Los pecados de Inés de Hinojosa también forman parte de su creación. Actualmente el compositor es una de las piezas claves dentro del Sistema de Orquestas en Venezuela, donde está radicado hace algunos años por invitación del maestro José Antonio Abreu.

En alguna oportunidad el violenchelista ruso Mstislav Rostropóvich le encargó una versión para su instrumento de El día que me quieras, de Gardel y Lepera. Tal vez la razón para pensar en el colombiano era que necesitaba no a un compositor, sino a un ser humano capaz de convertirse en un artesano de la partitura, y Blas Emilio Atehortúa fue capaz.

Texto Tomado del Espectador.com

Foto del Tiempo.com

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