La Macarena, más allá de Caño Cristales

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La Macarena, en el departamento del Meta, es mundialmente reconocida porque en su territorio brota el que es considerado el río más bello del mundo: Caño Cristales. Esa maravilla de la naturaleza que florece cuando llegan las lluvias de mitad de año. Puntualmente, cuando la Macarenia clavigera –planta acuática endémica de esta región del país– pinta el lecho rocoso de rosado, verde y amarillo. No en vano se dice que “es el río donde el arcoíris se derritió”. Pero Caño Cristales no es la única maravilla de La Macarena, una población que ha encontrado en el turismo una esperanza real de progreso después de haber sido un lugar prohibido durante décadas. Vale recordar también que aquí se ha desarrollado, con éxito, el proyecto Turismo, Paz y Convivencia, por medio del cual el Gobierno ha buscado convertir en destinos turísticos lugares que en otras épocas fueron escenario del conflicto armado.

“El turismo ha sido la mejor opción para nuestro pueblo. Todos nos beneficiamos”, dice Henry Quevedo, llanero auténtico, nacido en estas tierras, que dirige la agencia de viajes Ecoturismo Sierra de La Macarena. Son 600 familias beneficiadas de la actividad turística, según cuentas de la Corporación Autónoma de La Macarena (Cormacarena), que custodia el lugar.

Sin embargo, aclara Quevedo, la vida del destino se limita a la temporada de junio a diciembre, cuando las lluvias bañan el caño y hacen florecer de colores las plantas acuáticas. Durante el primer semestre del año, Parques Nacionales Naturales tiene prohibido el ingreso al lugar porque, sin agua, el caño queda desocupado y las plantas expuestas, al aire libre.

Para dinamizar la economía y aprovechando todo el patrimonio natural, se habilitaron dos circuitos que pueden ser visitados durante todo el año. Dos sitios de extraordinaria belleza que no defraudan y brindan una experiencia inolvidable a los viajeros. Y, por ahora, son dos, porque hay muchos lugares más con potencial –entre cascadas, lagunas y raudales– que complementan a Caño Cristales y diversifican a La Macarena. La caminata hasta la ciudad de Piedra dura una hora y media desde el raudal Angostura 1.

Una ciudad de piedra

La lancha descansa sobre el río Guayabero, con sus aguas achocolatadas. Embarcamos en el muelle, dentro del mismo pueblo, y emprendemos el recorrido contra la corriente. El río está tranquilo, y en el camino vemos tortugas sobre los palos (terecay), monos aulladores, garzas sobre los árboles que se ven como racimos de uvas blancas, loros y oropéndolas. Unas toninas (o delfines rosados) se asoman tímidamente. Una hora más tarde llegamos al raudal Tinigua –en honor del extinto pueblo indígena de los tiniguas–, conocido también como raudal Angostura 1.

Vamos con Duván Torres, guía certificado de La Macarena; pero nos espera Ferkley Cuéllar, un campesino que ahora se gana la vida como guía en su territorio. Y empezamos a caminar, adentrándonos en el monte. La caminata dura, a buen paso, una hora y media, por un terreno plano en el que atravesamos ecosistemas de selva seca, sabanas y campos abiertos repletos de morichales: esas palmeras altísimas que se levantan entre espejos de agua. También cruzamos un bosque totalmente cubierto, con tapetes de hojas secas, y más tarde atravesamos pequeños caños que albergan la Macarenia clavigera.

Hasta que llegamos al objetivo final del destino: la Ciudad de Piedra. Son laberintos y callejones en medio de formaciones rocosas de todas las figuras que la mente pueda imaginar. Hay ventanas y puertas de piedra, ideales para una foto enmarcada. Así mismo, conjuntos de piedras que brotan de la selva y parecen templos o castillos. Hay piedras en forma de coronas, de perros, de cocodrilos. Todo es silencio y solemnidad en medio de este prodigio de la naturaleza.

Fernando Sacristán, exdirector de Cormacarena y guía de turismo, explica que estas formaciones rocosas son parte del Escudo Guayanés, considerado una de las formaciones geológicas más antiguas de la Tierra y presente en América del Sur. Formaciones similares se aprecian también en Vichada, Guainía, Guaviare y Caquetá. Y cuenta también que muy cerca hay pinturas rupestres de las comunidades indígenas que habitaron estas tierras. Sacristán aclara que no se cuenta con mayor información sobre este lugar, pero se sabe que fue un lugar de culto para indígenas tiniguas y guayaberos. Un sitio sagrado, arqueológico y natural que bien vale la pena conocer. La laguna del silencio está custodiada por altas palmeras y, como era de esperarse, hace honor a su nombre.

La laguna del Silencio

Una vez más abordamos la lancha en el río Guayabero, esta vez, aguas abajo. Y 15 minutos más tarde llegamos hasta la vereda la Cachivera, donde desembarcamos. Nos espera Daneyi Castañeda, una llanera auténtica, campesina y ama de casa, convertida recientemente en guía de turismo. Montada en su caballo, la persiguen otros caballos sin montar. La acompaña su hija y asistente Kelly, en un potrillo negro.
Con los caballos asignados comienza una cabalgata por entre esas llanuras del Meta en una mañana soleada y bajo un cielo azul. Veinte minutos más tarde llegamos a la casa de Daneyi, donde dejamos los animales y nos embarcamos en botes –llamados potrillos aquí– que se mueven empujados por palancas. Es el mismo medio de transporte que usan los lugareños.

“Aquí tenemos prohibidos los motores, para no contaminar. Y para no hacer bulla, porque esta es la laguna del Silencio”, dice Daneyi, quien termina su bachillerato y se prepara para estudiar turismo en el Sena. Y cuenta que son 19 los guías de la comunidad y que muy cerca, dentro de la misma vereda, queda el glorioso Caño Cristales.

Y arranca el bote sobre la laguna, que se alimenta de las aguas que bajan de la Serranía de la Macarena y de Caño Cristales, y que conforma un reservorio de agua permanente, durante todo el año. El recorrido es un espacio para la contemplación: las garzas, las palmas de moriche de hasta 30 metros, la selva frondosa. El silencio. Veinte minutos más tarde, aguas abajo, hacemos una parada en una enramada dispuesta con hamacas, donde descansamos. Allí venden golosinas, gaseosas y cerveza fría. El camino de regreso es igual de tranquilo, en medio de esos paisajes llaneros que siempre son postales. Y al llegar a la casa nos esperan con un exquisito sancocho de gallina cocinado en fogón de leña.

Tomada del Tiempo.com