Porro, más que una tradición musical

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Un árbol de mango ubicado en la mitad del patio de la casa de La Seño Margarita Cantero, en San Pelayo, Córdoba, ha sido testigo de varias generaciones de jóvenes y niños que han encontrado en la música y, específicamente, en el porro, un sentido de vida. Tras 17 años de carrera artística, Alejandro Niño será homenajeado en la 43 versión del Festival Nacional del Porro. En la imagen, carátula de su último trabajo. Alejandro Niño lleva la mitad de su vida interpretando el trombón, una pasión que surgió en una fiesta patronal, donde por primera vez escuchó este instrumento, del cual ni siquiera sabía su nombre.

Fue amor a primera vista, o en este caso, a primera oída. Pasión que ha venido desarrollando desde el año 2000 y que lo ha llevado a ser parte de reconocidos proyectos musicales a nivel regional y nacional, así como a presentar en el año 2017 su primer proyecto musical: Historia de Sonidos,un disco que se sale de los estándares tradicionales, donde se destaca la presencia del bombardino y el trombón. Ocho canciones, seis instrumentales y dos vocales, que hacen un homenaje a sus raíces y la música pelayera, pero con notas modernas; disco del que, además, se desprende un ensamble con el mismo nombre. “Sueño con que el folclor de mi tierra, la música instrumental, tenga renombre, que se escuche, como la música urbana o la salsa. Este es un tributo a los músicos de banda, hecho con el corazón”, afirma.  Tras participar en varias oportunidades en el Festival Nacional del Porro, donde ha recibido en dos ocasiones el reconocimiento a mejor trombón, este año se destaca como uno de los homenajeados.

Niño, nació en Carrillo, de madre pelayera y padre santandereano. Siendo muy pequeño llegó al patio de La Seño, como la llama con cariño, directora en ese entonces, (2002), de la Casa de la Cultura, para tomar clases con el Maestro Álvaro Castellanos y otros más. Este espacio fue una puerta a un mundo de posibilidades y un futuro mejor, una iniciativa privada y gratuita que fomentó un semillero de jóvenes artistas que después serian parte de la Banda La Catalina y otras agrupaciones. Esta era una oportunidad única para muchos, como Alejandro, de acceder a un instrumento y formación en temas como las escalas musicales, la lectura de pentagramas, pasando por la historia de los géneros y ritmos que hacen a San Pelayo cuna del porro y el fandango.

Su primer trombón llegó un viernes a las tres de la tarde, en un maletín negro tipo morral, instrumento que años después lo acompañaría a la universidad de Córdoba, en el programa de Licenciatura artística, uno de los pocos espacios de formación profesional que existen en la región. “Todos en Carrillo me ayudaron, La Seño, el maestro, hasta mis vecinos”, posteriormente viajaría a Bogotá donde se consolidaría como trombonista y bombardinista de proyectos como Totó La Momposina, la orquesta de Juancho Torres, Adriana Lucía y otros reconocidos artistas.  Ese trombón y otros instrumentos con el tiempo regresaron a Córdoba para hacer posible el sueño de otros jóvenes.

Juan José López, trompetista y docente, también pasó algunas horas bajo la sombra del árbol de mango de La Seño, aunque su principal formación se dio gracias a su padre, Inocencio López, y posteriormente a la Universidad de Córdoba. Quince años después, preocupado por el acercamiento de los más jóvenes a la música tradicional, fundó la Orquesta Juvenil de la Madera, otro corregimiento de San Pelayo, que para la versión 2019 del festival participa por segunda ocasión en la categoría juvenil, interpretando La Macoca un fandango tradicional y El boca e Babilla un porro palitiao

Las nuevas generaciones no están tan cerca de la música tradicional como lo estuvieron él o su padre. Sus principales referentes se dan gracias a que algunos son nietos o hijos de grandes intérpretes. “Aunque lo escuchan, no reconocen las canciones más representativas. El porro y el fandango no suena en las emisoras, ahora escuchamos principalmente música urbana y los festivales se convirtieron en su principal escenario”, afirma. Cuando se graduó y se trasladó a Montería, se dio cuenta de que tenía una gran deuda con La Madera, el corregimiento que por muchos años se había destacado por sus bandas y artistas, ahora estaba quedando en el olvido.

Por eso decidió iniciar este proyecto. El principal reto fue acercar a los niños a estos ritmos, pero lo que inició con tres participantes, ha crecido a pasos agigantados. Ahora, con veinte integrantes, su trabajo incluye hacer arreglos, fotocopiar partituras, preparar clases y hasta buscar recursos, donde las redes sociales se han convertido en su principal herramienta. Los instrumentos han llegado a sus manos gracias a donaciones, regalos y un esfuerzo permanente. Las prácticas, como repitiendo la historia, se realizaban en el patio de su casa.

Santiago toca el bombo y desde que ingresó a la banda se caracterizó por presentar un comportamiento un poco agresivo. Varios talleristas, amigos y músicos invitados por Juan José, se sintieron algo abrumados, pero tras dos años de ser parte del programa todo cambió, demostrando que este tipo de espacios no solo fomentan la cultura, sino que repercuten en las relaciones familiares y resultados académicos. “Nuestra relación con los niños va mucho más allá, nos interesa su bienestar, no solo que interpreten un instrumento, la idea es que ellos tengan otras oportunidades, como las tuvimos nosotros, que se alejen de muchas cosas malas”, concluye.

Estas como muchas otras historias de músicos oriundos de esta región, coinciden en manifestar un gran amor por el porro, por su gente y sus tradiciones, porque, según ellos, esta es una música que tiene magia, que llega a las partículas más diminutas del cuerpo, rozando incluso el alma.

Tomada del Espectador.com