Vestido con sus mejores galas, el vallenato ingresa al diccionario

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Ataviado con su pantalón blanco y camisa de cretona del mismo color, con un pañuelo raboegallo anudado al cuello y, por encima de todo, con un sombrero bien alón, similar al que lucía Compae Chipuco en la plaza de Valledupar, el vallenato va desfilando con aire garboso hacia los altos estrados donde se congrega la Real Academia Española, que lo acaba de acoger en su regazo, ese cálido lugar donde viven las palabras de legítima familia. Porque a partir de ahora ‘vallenato’ aparecerá como nuevo vocablo en el diccionario oficial de la lengua castellana.

Por debajo de todo, cierra su atuendo con unas alpargatas de lona, también llamadas cotizas, que tienen suela plana de cuero, sin tacones. Y lleva el acordeón terciado al pecho. La fiesta está que se arma. Los viejos maestros de la música vallenata, que le dieron a mamar la leche materna arrullándolo con sus cantos, celebran la noticia en los cementerios. Francisco el Hombre, que se apellidaba Moscote, canturrea su alegría desde lo alto de una mula en los caminos del Macho Bayo, por allá en las tierras benditas de La Guajira. Leandro Díaz lo ve venir a lo lejos, porque Leandro era un ciego que veía con los ojos del alma.

Por este lado aparecen, como en una procesión, el señor Luis Pitre y Tobías Enrique Pumarejo, que va pensando ya en la víspera de Año Nuevo, seguidos de Rafael Escalona, que no era inmorible, pero sí es inmortal, y de Juancho Polo Valencia, que lleva del brazo a su Alicia Adorada, mientras Emiliano Zuleta el Viejo discute con Lorenzo Morales porque le cayó una gota fría.
Al poco rato se asoma discretamente el dentista Chema Gómez, con su maletín en la mano, viajando de pueblo en pueblo para sacarles las muelas a sus pacientes. En el maletín lleva las nuevas chapas para que ellos se las prueben. Le hacen coro Alejo Durán, Abel Antonio Villa –que todavía no ha terminado de morirse porque le están debiendo cuatro noches de velorio– y Calixto Ochoa burlándose de la ñata que bebía agua en una tabla y no se mojaba la nariz.
Los hermanos Serna traen cargado a Chico Bolaños. Carlos Huertas puntea en su guitarra. Pacho Rada ruge como un tigre en los playones del río Magdalena.

Luego se juntan todos en las escalinatas que conducen a la Academia y, a la voz de tres, le tributan un aplauso al periodista Daniel Samper Pizano, quien insistió durante largos años en Madrid hasta convencer a los académicos para que aceptaran acoger el vallenato en los recintos sagrados del diccionario.

Los orígenes

El canto vallenato tiene casi doscientos años de vida. No nació como una obra de arte sino como una simple necesidad, ya que no había Telecom ni manera alguna de comunicarse, menos aún los celulares. Entonces la gente acudía a los trovadores populares que iban en sus mulas por los caminos polvorientos, llevando canciones y recados a la parentela.

Ellos fueron los antecesores del internet. Les daban unos centavos y, al llegar a la siguiente aldea, paraban en la cantina, también llamada “estanquillo” desde los tiempos de la colonia española, y allí se reunía el vecindario para escuchar las noticias. Subido a un taburete de cuero, el juglar narraba en verso, acompañado por su acordeón, que a Geño Díaz le había nacido un nieto en Urumita o que en Aracataca la india Visitación había salido volando al cielo. Ahí les daban más moneditas para que llevaran otras noticias al pueblo siguiente.
Tales eran las historias que terminaron convertidas en cantos legendarios, los sucesos diarios, los hechos insólitos, pero también los amoríos, las ilusiones, las decepciones, las alegrías y tristezas cotidianas, la muerte de un amigo, el primer viaje en tren, el sobrino que se gradúa de bachiller.

Y así fue como aquellos trovadores andariegos, sin proponérselo, se convirtieron en herederos legítimos de los juglares que en la Edad Media iban por los caminos de Europa recitando versos y contando historias. Por eso los llamaban “maestros de juglaría”.

¿Dónde nació el vallenato?

Andaban por valles y montañas, vadeando ríos y atravesando cañadas, hasta la noche aquella en que el sueño sorprendió a Francisco el Hombre en lo más alto de la Sierra Nevada de Santa Marta y se bajó del caballo para tender su manta en el suelo. Cantaba entre las sombras la lechuza.

Apenas se estaba echando cuando le reventó en la nariz el olor hiriente del azufre, y vio el fogonazo rojizo y la figura negra de Satanás que brotaba de la oscuridad con su acordeón entre las manos. El diablo, atrevido como es, lo desafió a batirse en un duelo musical. Francisco se las ingenió para cantarle el Credo al revés, empezando por la palabra “amén”, y puso en fuga al demonio, que destrozó su acordeón contra las piedras y salió huyendo con el rabo entre las piernas, perdiéndose entre la penumbra helada.

El día en que lo conocí, sentados a la sombra en el patio de Consuelo Araújo, hace ya cuarentaiocho años, le pregunté al maestro Escalona cómo fue que nació el vallenato. Se puso de pie, dio una vuelta bajo los palos de mango, con cara de pensativo, y regresó.

–Ya lo sé –me dijo–. El vallenato nació como el bostezo: de boca en boca…

Su cuna se sitúa en un vasto territorio al norte del Cesar, el sur de La Guajira y el oriente del Magdalena, lo que antiguamente se llamaba Provincia de Padilla, cuando en esa región solo existía el departamento del Magdalena, en la parte de arriba del mapa colombiano.

Las colitas

A finales del siglo diecinueve, cuando las guerras civiles masacraban al país, en las fechas festivas se organizaban hermosas veladas en las mansiones solariegas de la plaza de Valledupar, en las que se tocaban valses y contradanzas.

Mientras los señores bailaban en la sala como si estuvieran en los grandes palacios de Viena, la servidumbre se reunía en el fondo del patio, lo que llamaban en aquel entonces “la cola del traspatio”, que era donde quedaban la cocina, el baño, el corral de las gallinas y la caballeriza.

Allí los pobres armaban su propia mojiganga, menos elegante pero más alegre, amenizada con música de acordeón. Les decían “colitas”, precisamente, y allí fue donde nació la parranda vallenata.

De esas regiones salieron aquellos cantos a buscar mundo y se extendieron como verdolaga en playa por el territorio que entonces se conocía como la Sabana de Bolívar, y que hoy incluye, además, a Córdoba y Sucre.

La palabra ‘vallenato’

Hasta que hubo entrado el siglo veinte, nadie hablaba en esas tierras de “música vallenata”. Recuerdo que cuando yo era niño, hace ya tantos años que Adán y Eva todavía estaban vivos, los aldeanos salían corriendo por la calle, con la alegría pintada en la cara, gritando a manera de aviso:

–Llegaron los músicos de acordeón, llegaron los músicos de acordeón.

Así era como los denominaban. ¿De dónde procede, entonces, la palabra ‘vallenato’? ¿Y cuándo apareció? Ahí es donde se forma una de las discusiones más ardientes que he visto en mi vida. Tal como canta Alejo Durán, es mejor “que meta la mano Dios”.

Hay varias versiones, encendidas todas.

Para empezar, los investigadores más cuidadosos sostienen que es un gentilicio aplicado a las gentes de Valledupar, que cuando les preguntaban de dónde eran, solían responder, con el lenguaje propio de la época: “Soy del Valle nato”. Es decir: nacido en el Valle.

Pero he aquí que aparece en tierra caliente una enfermedad infecciosa, causada por las flotillas aéreas de jejenes que atacan con zumbidos a las seis de la tarde. A las víctimas les quedaban grandes manchas en la cara, brazos, manos y piernas.

Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas

Pues resulta que hacia los años treinta una epidemia de carate atacó a la región donde hoy queda el Cesar, empezando por Valledupar. La gente que venía de por allí traía la piel manchada. Fue así como en la orilla del mar y las sabanas terminaron diciéndole “vallenato” a todo caratoso, aunque no procediera de Valledupar. Los volvieron sinónimo. La prueba irrefutable de ello es lo que exclama Compae Chipuco en el canto de Chema Gómez:

Soy vallenato de verdá,
tengo las patas bien pintás…

El asunto se volvió tan ofensivo que provocaba peleas y zafarranchos. Pero, como Macondo es la tierra de la maravilla y el prodigio, sucedió que el profesor Miguel Vence, un respetado educador que tenía su escuela para niños en Valledupar, resolvió fundar su propia Academia de la Lengua, cuyo único miembro era él, tuvo una sola sesión y aprobó una sola proposición: que, en lo sucesivo, el gentilicio de los nacidos en esa ciudad nunca más sería vallenato sino valduparense.

Pero ahora, cien años después, otra Academia de la Lengua, la de España, decide lo contrario y admite el vallenato en su diccionario. La vida, a veces, tiene esas ocurrencias.

Epílogo

En el año 70 Gabriel García Márquez regresó por primera vez a Colombia, tras el estruendoso éxito mundial de Cien años de soledad, publicada cuatro años antes en Buenos Aires. Yo trabajaba en El Espectador y Guillermo Cano, el mártir inolvidable del periodismo, me mandó a que lo entrevistara.

En medio de nuestra conversación, tomándonos una cerveza helada, le pregunté a Gabo:

–Después de todo, ¿qué es Cien años de soledad? ¿Es realidad, es ficción, es una mezcla de ambas cosas?

Bebió un sorbo, entrecerró los ojos y por primera vez dijo aquella frase que se volvería célebre para siempre:–Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO